Tuesday, June 29, 2010

El amuleto


Fotografía de Pedro Meyer

Cuento de Amélie Olaiz
Hace tiempo que don Jorge Mitoya desayuna solo. Todos los días en la misma cafetería, en la mesa junto a la ventana. Al principio las meseras no lo querían atender porque invariablemente deja su extraño llavero sobre la mesa, pero con el paso del tiempo todas se han acostumbrado. Siempre ha sido muy tempranero, así que cuando apenas amanece Jorge Mitoya sale a caminar para fortalecer sus piernas, solía correr, pero las rodillas se le fueron lesionando hasta que ya no pudo seguir con el hábito. Antes de llegar a la cafetería va a los baños públicos que quedan cerca; adora el vapor, no podría vivir sin él, ahí ha sudado las crudas, las alegrías y hasta las lágrimas que nunca se atrevió a dejar salir. Ni siquiera cuando su mujer lo dejó. Ella no tuvo una buena razón, piensa el señor Mitoya, él nunca fue infiel ni flojo. Por el contrario, ha sido un tipo trabajador y buen hombre de familia. Toma sus tragos de vez en cuando, nada exagerado, tal vez tres o cuatro veces por semana, sólo eso. El alcohol lo hace sentir seguro, fuerte, invencible. Por eso le gustaba manejar con copas, porque sentía el control y el poder de la velocidad. Su mujer lo reprendía porque los iban a multar y porque temía que tuvieran un accidente. Lo aleccionaba agitando el dedo índice muy cerca de su cara. Él no hacía caso. Así inició la costumbre de quererle quitar las llaves del auto; como él se rehusaba y se ponía muy agresivo, ella pedía un taxi y regresaba a casa por su lado.
—Si te quieres matar, mátate solo.
A Jorge Mitoya le parecía aquello una exageración de su mujer, su actitud lo hacía sentir humillado. Ella no confiaba en él.
—Me has perdido el respeto —decía.
Una tarde después de una comida en casa de familiares, la señora Mitoya, al ver que su marido ya arrastraba las palabras, le pidió la llave del auto. Él se la dio sin chistar. Ella introdujo su dedo índice en la argolla y las guardó en su mano. Él no cayó en la cuenta de nada hasta que, ya junto al auto, vio las llaves balanceándose en la mano de su mujer. Se acercó y jaló el llavero con fuerza.
—No me humilles delante de mi familia, yo voy a manejar —dijo mientras jalaba.
—Me estás lastimando— gritó la señora Mitoya.
Pero el señor Mitoya no escuchó y siguió tirando del llavero. Como no podía zafarlas, contra el cofre del auto rompió la botella que llevaba en la mano. La señora Mitoya emitió un grito desgarrador, pero él, enfocado sólo en su objetivo, recuperó la llave.
Subió al auto y se marchó con la seguridad del hombre que siempre hace lo correcto. Un hombre debe ser así, pensaba, decidido, claro en sus acciones. No debe permitir que la mujer se ponga por encima, que lo quiera dominar. No notó la sangre que llevaba en la ropa. Al día siguiente se despertó y pensó que algo le había sucedido, se buscó la herida por todo el cuerpo. No encontró nada.
La señora Mitoya no volvió a casa, pero le envió por paquetería un botecito con formol que contenía un dedo índice. Venía con una nota que decía: “De mí sólo te queda lo que me arrancaste”.
Como Jorge Mitoya extrañaba mucho a su mujer mandó disecar el dedo y lo colgó en su llavero como amuleto. Lo conserva como un objeto de gran valía porque siente que al llevarlo consigo jamás volverá a ser un hombre señalado.

2 comments:

pedromeyer said...

encuentro muy bien vinculada la imagen a la historia, que ademas es super violenta.. wow!

Amélie said...

Sí, en esta yo tampoco tengo duda. Me alegra que te guste.