
Fotografía de Pedro Meyer
Cuento de Amélie Olaiz
Laura Curtchenko puso una gotita de perfume detrás de cada oreja y otra entre sus senos. Hacía demasiado calor así que llevaba puesto un vestido sin manga con un buen escote. No se había sometido a ninguna cirugía porque sus senos eran grandes y aún bien formados. No eran perfectos pero a ella le gustaban así. Tomó un chal porque algunas veces el aire acondicionado era tan fuerte que se llegaba a sentir frío. Se calzó unas alpargatas que había comprado por la mañana y guardó el lipstik y el espejito en su bolsa hecha con hojas de elote secas.
Llegó a la cena y después de saludar se quedó en la terraza en compañía de Genaro y Greta; a él lo veía por tercera o cuarta vez pero a ella la apreciaba mucho. Ellos charlaban con una pareja de holandeses por quienes Laura Curtchenko sintió simpatía desde el primer momento. A ella le gustaba la forma de ser de la mujer europea, había conocido mujeres de diversas edades muy libres en sus modales y en su forma de vestir. Así era ella, esa libertad la había heredado de su madre que nunca tuvo empacho en usar escotes ni faldas arriba de la rodilla. Por eso aprendió que los conceptos sociales de elegancia y buen gusto estaban al servicio de esa libertad y no las mujeres al servicio de los conceptos. De cualquier manera ni sus escotes ni sus faldas rebasaban lo adecuado.
Laura Curtchenko levantó el brazo para saludar a una amiga que estaba del otro lado, en la sala, y notó que Greta le miraba la axila. No se sintió intimidada porque sabía que era natural que alguien mirara la axila de otra persona, es una zona que se enseña con poca frecuencia y además siempre existe la curiosidad de ver si hay vellos en ella.
Además Greta le había repetido infinidad de veces:
—Con esas tetas deberías usar escotes todos los días.
Y aunque no los usaba con frecuencia, hoy, Laura Curtchenko estaba segura que su amiga, a pesar de no demostrarlo, se sentía orgullosa de que ella trajera un buen escote. Unos minutos después Laura Curchenko intercambió unas palabras con Genaro que estaba precisamente a su lado. Entre palabras y gestos notó una mirada de Genaro que le desagradó sobremanera, no es que los hombres no le miraran el escote, ella notaba que lo hacían pero no le daba mayor importancia, sin embargo la mirada de Genaro había sido morbosa.
Se sintió molesta con ella misma y con la situación, ¿cómo era posible esa sensación de incomodidad? Fue al baño, revisó el vestido y se percató que todo estaba en su lugar. Con la seguridad recobrada volvió a la reunión. Greta la recibió con una sonrisa extraña, unos minutos después se acercó a Laura Curtchenko y le susurró algo al oído. Con un tirón seguro jaló el chal del respaldo de una silla, lo extendió cuan largo era y cubrió con delicadeza estudiada a Laura Curtchenko.
—Te ves mejor así, querida —dijo antes de volver junto a su Genaro.
3 comments:
yo me quede intrigado, cual es la relación de las cadenas de las mujeres en la foto, con el cuento que narras Amelie,
Pedro, en realidad tengo muchas dudas sobre si esta es la foto adecuada, las mujeres nos esclavizamos entre nosotras mismas por nuestras pasiones e inseguridades. Una mujer puede admirar a otra mientras esta otra no tenga nada que ver con su pareja, porque en ese momento los celos surgen como una cadena mortal que mata todas las libertades. De cualquier manera entiendo que la relación es difícil. La otra fotografía posible es de herejías la: LI-086 La dama del lunar y sus amigas.
Me gustaría que decidiéramos juntos cuál fotografía debe ilustrar el texto, le daría una gran energía al proyecto.
Me gusta esta nueva opción. La cara de ella y su actitud es como si nos estuviera narrando la historia. ¿Qué opinas?
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