Tuesday, August 31, 2010

Tres ventanas


Fotografía de Pedro Meyer

Amélie Olaiz
Mariana Warneros vivía la mitad de su vida pegada a la ventana en el cuarto piso. Le gustaba ver al chofer de la esquina lavar el coche y secarlo hasta que quedaba reluciente. También veía a don Carlos salir manoteando mientras hablaba por celular, vestido con shorts de cuadritos que parecían pijama, los pelos parados, caminando una y otra vez por el mismo sitio de la banqueta donde hacía surcos de neurosis. Veía al jardinero que, con la manguera, barría la calle hasta que quedaba libre de todas las hojas de los árboles cercanos. Alguna vez se atrevió a decirle que tiraba mucha agua y desde ese día el jardinero la odió. También escuchó cuando la novia de Julián salió a la calle furiosa; tras ella Julián pidiéndole que esperara un momento, y tras él su madre suplicando perdón por algo que Mariana no alcanzó a escuchar.

Miraba a Rómulo, el perro de la cuadra, que, como maldición, cada tarde se cagaba en el jardincito de doña Esperanza que en intentos fallidos ponía cactus plagados de espinas para ahuyentar al perro. Por las noches veía a la hija de Rafa regresar con el novio y quedarse con él en el coche hasta que se empañaban los vidrios. Y a Loreta, la de la casa de enfrente, que le encantaba el trago y por andar manejando borracha casi tira el portón de su casa, una noche en que trató de salir del garage sin haberlo abierto antes. No se aburría porque a pesar de que la gente, pensaba ella, es animal de costumbres, siempre hacen algo diferente a lo que han hecho el día anterior. Por las noches, antes de ir a la cama, podía observar a la señora Salvatierra, en el segundo piso, iluminada por la luz de la pantalla de su computadora.

Así pasaba el día entero, no es que su vida de ama de casa no le gustara pero entre una cosa y otra llenaba su mente con lo que pasaba fuera, así su rutina era más divertida porque siempre andaba con algo nuevo en la cabeza.

—Pensando en otros no deja uno de usar el cerebro —se decía.

De cualquier manera, en el fondo de su corazón Mariana Warneros sabía que no podía evitar asomarse a la ventana.

ΩΩΩ

Ana Paula Salvatierra había sentido pasión por las computadoras desde que vio la primera en casa de su prima. No era contadora, ni dibujante ni tampoco le daba por la literatura. Pero sin pensarlo demasiado se compró una máquina y aprendió a usarla. Sobre todo el internet. Comunicarse con la gente, incluso en países lejanos, desde aquella lap top le parecía un milagro.

—Es una ventana mágica —decía.

Con la camarita del mismo equipo se tomó varias fotografías hasta que logró la que más le gustaba y la subió a su página de Facebook. Su favorita era una toma que se había hecho parada frente a la computadora, muy bien maquillada, con las manos en la cintura, el pelo sobre los hombros, el escote de la camisera bien abierto, el mentón levantado y la actitud altiva. Pensaba que al hacer la toma desde abajo adquiría una cierta superioridad, como si los plebeyos estuvieran viendo a una diosa del Olimpo, se decía a sí misma.

En las mañanas se levantaba y antes de despertar a sus hijos para ir a la escuela, checaba su correo y las páginas de redes sociales, para ver si tenía mensajes. Después de desayunar y subir a los niños al autobús escolar, disponía la comida, daba órdenes a la mujer de servicio y se volvía a sentar frente a la computadora. Al principio se bañaba antes de internarse en el mundo virtual, pero poco a poco el tiempo se le fue viniendo encima.

—¿Qué hiciste toda la mañana, mujer? —preguntaba su esposo.
—La pasé en mi ventana, mirando el mundo.
—¿Qué ventana, mami?
—La computadora es mi ventana al mundo, cielo.

Ana no tenía que salir de casa para socializar con la gente. Así se reencontró con sus ex-compañeras de la escuela, hizo infinidad de nuevos amigos, leyó artículos interesantes, vio los mejores videos, conoció señores que le dedicaban piropos, le comentaban sus chistes y la invitaban a tener una cita de carne y hueso. En esta ventana del mundo virtual nadie estaba enojado, ni de malas. Ella consolaba a sus amigos si parecían tristes y se alegraba por la alegría de otros.

Sólo una vez un tipo extraño, al que no recordaba haber aceptado en su red de amigos. Le puso mensajes agresivos en su muro de Facebook. El asunto la dejó temblando todo el día, sintió como si todos sus conocidos y la sociedad que la rodeaba se hubiese enterado de aquella agresión. Tomó té de tila para combatir el estrés que aquel suceso le había causado y comentó varias noches con su marido lo que había pasado. Nada, ni siquiera los problemas de la casa ni la noticia más alarmante, era tan real, para ella, como lo que sucedía en el mundo virtual.

—Apaga la compu y el asunto se termina —dijo su marido.

Pero Ana Salvatierra tenía una idea mejor: borrar al tipo de sus contactos. Una semana después del acontecimiento Ana olvidó casi por completo lo que había sucedido. Sus hijos abrieron también sus páginas en las redes sociales y Ana sintió como si toda la familia se conectara a un nuevo universo.

Poco a poco Ana se fue encerrando más en casa, incluso dejó de reunirse al cafecito con sus amigas de toda la vida. Se sentaba tempranito frente a la computadora, sin bañar, con la pijama puesta, las lagañas en los ojos y el pelo revuelto. Eso no importaba para nada, ni siquiera que se le escapara un gas o que eructara. Su foto en Facebook era perfecta, hermosa, seductora y eso era lo que los demás veían. Así pasaba la mañana chateando con uno y otro amigo hasta que sus hijos volvían de la escuela. En ese momento se metía a bañar con apuro para que su marido no la encontrara en fachas a la hora de comer. Bajaba corriendo a supervisar que todo estuviera en orden y se sentaba a la mesa. No quería faltarle a su familia, ella había crecido sin su madre y era algo que aún siendo una adulta le dolía. Por las noches sólo la luz del pequeño estudio relucía en la casa. Ana Salvatierra, frente a su ventana virtual, era la última en dormirse.

ΩΩΩ

Karen Voleti era una mujer poco sociable, si uno la observaba con atención parecía vivir fuera de este mundo. Se casó con Omar porque le pareció que él era lo suficientemente parlanchín como para complementar la plática de los dos. Cuando Karen Voleti hablaba sólo ocupaba las palabras necesarias, ni una más ni una menos. Sonreía poco, así que la gente que no la conocía bien pensaba que estaba enojada siempre.

En la etapa de crianza de sus hijos sufría mucho. Con la criatura en brazos Karen Voleti lloraba y lloraba hasta que se le secaba la tristeza y sólo dejaba escapar quejidos. Por las noches Omar le acariciaba la espalda hasta que ella soltaba un suspiro largo y se dormía. Cuando nació Ana Paula, la tercera hija, Karen Voleti se negó a amamantar a la niña.

—No quiero alimentarla de amarguras — dijo.

Una tarde desde el quinto piso de su departamento Karen Voleti se dejó caer al vacío. No dejó ninguna nota ni pistas que permitieran sacar una conclusión. Así que nunca supieron si se había suicidado o sólo fue un accidente. Omar, que no podía con tan dolorosa pérdida, les dijo a sus hijos, que su madre se había ido al cielo por la ventana. Desde entonces los niños desarrollaron gran curiosidad por las ventanas, cualquier hoyo en la pared era pretexto inconsciente para buscar a su madre.

Saturday, August 14, 2010

Todo depende



Fotografía de Pedro Meyer

Cuento de Amélie Olaiz
Laura Curtchenko puso una gotita de perfume detrás de cada oreja y otra entre sus senos. Hacía demasiado calor así que llevaba puesto un vestido sin manga con un buen escote. No se había sometido a ninguna cirugía porque sus senos eran grandes y aún bien formados. No eran perfectos pero a ella le gustaban así. Tomó un chal porque algunas veces el aire acondicionado era tan fuerte que se llegaba a sentir frío. Se calzó unas alpargatas que había comprado por la mañana y guardó el lipstik y el espejito en su bolsa hecha con hojas de elote secas.
Llegó a la cena y después de saludar se quedó en la terraza en compañía de Genaro y Greta; a él lo veía por tercera o cuarta vez pero a ella la apreciaba mucho. Ellos charlaban con una pareja de holandeses por quienes Laura Curtchenko sintió simpatía desde el primer momento. A ella le gustaba la forma de ser de la mujer europea, había conocido mujeres de diversas edades muy libres en sus modales y en su forma de vestir. Así era ella, esa libertad la había heredado de su madre que nunca tuvo empacho en usar escotes ni faldas arriba de la rodilla. Por eso aprendió que los conceptos sociales de elegancia y buen gusto estaban al servicio de esa libertad y no las mujeres al servicio de los conceptos. De cualquier manera ni sus escotes ni sus faldas rebasaban lo adecuado.
Laura Curtchenko levantó el brazo para saludar a una amiga que estaba del otro lado, en la sala, y notó que Greta le miraba la axila. No se sintió intimidada porque sabía que era natural que alguien mirara la axila de otra persona, es una zona que se enseña con poca frecuencia y además siempre existe la curiosidad de ver si hay vellos en ella.
Además Greta le había repetido infinidad de veces:
—Con esas tetas deberías usar escotes todos los días.
Y aunque no los usaba con frecuencia, hoy, Laura Curtchenko estaba segura que su amiga, a pesar de no demostrarlo, se sentía orgullosa de que ella trajera un buen escote. Unos minutos después Laura Curchenko intercambió unas palabras con Genaro que estaba precisamente a su lado. Entre palabras y gestos notó una mirada de Genaro que le desagradó sobremanera, no es que los hombres no le miraran el escote, ella notaba que lo hacían pero no le daba mayor importancia, sin embargo la mirada de Genaro había sido morbosa.
Se sintió molesta con ella misma y con la situación, ¿cómo era posible esa sensación de incomodidad? Fue al baño, revisó el vestido y se percató que todo estaba en su lugar. Con la seguridad recobrada volvió a la reunión. Greta la recibió con una sonrisa extraña, unos minutos después se acercó a Laura Curtchenko y le susurró algo al oído. Con un tirón seguro jaló el chal del respaldo de una silla, lo extendió cuan largo era y cubrió con delicadeza estudiada a Laura Curtchenko.
—Te ves mejor así, querida —dijo antes de volver junto a su Genaro.

Tuesday, June 29, 2010

El amuleto


Fotografía de Pedro Meyer

Cuento de Amélie Olaiz
Hace tiempo que don Jorge Mitoya desayuna solo. Todos los días en la misma cafetería, en la mesa junto a la ventana. Al principio las meseras no lo querían atender porque invariablemente deja su extraño llavero sobre la mesa, pero con el paso del tiempo todas se han acostumbrado. Siempre ha sido muy tempranero, así que cuando apenas amanece Jorge Mitoya sale a caminar para fortalecer sus piernas, solía correr, pero las rodillas se le fueron lesionando hasta que ya no pudo seguir con el hábito. Antes de llegar a la cafetería va a los baños públicos que quedan cerca; adora el vapor, no podría vivir sin él, ahí ha sudado las crudas, las alegrías y hasta las lágrimas que nunca se atrevió a dejar salir. Ni siquiera cuando su mujer lo dejó. Ella no tuvo una buena razón, piensa el señor Mitoya, él nunca fue infiel ni flojo. Por el contrario, ha sido un tipo trabajador y buen hombre de familia. Toma sus tragos de vez en cuando, nada exagerado, tal vez tres o cuatro veces por semana, sólo eso. El alcohol lo hace sentir seguro, fuerte, invencible. Por eso le gustaba manejar con copas, porque sentía el control y el poder de la velocidad. Su mujer lo reprendía porque los iban a multar y porque temía que tuvieran un accidente. Lo aleccionaba agitando el dedo índice muy cerca de su cara. Él no hacía caso. Así inició la costumbre de quererle quitar las llaves del auto; como él se rehusaba y se ponía muy agresivo, ella pedía un taxi y regresaba a casa por su lado.
—Si te quieres matar, mátate solo.
A Jorge Mitoya le parecía aquello una exageración de su mujer, su actitud lo hacía sentir humillado. Ella no confiaba en él.
—Me has perdido el respeto —decía.
Una tarde después de una comida en casa de familiares, la señora Mitoya, al ver que su marido ya arrastraba las palabras, le pidió la llave del auto. Él se la dio sin chistar. Ella introdujo su dedo índice en la argolla y las guardó en su mano. Él no cayó en la cuenta de nada hasta que, ya junto al auto, vio las llaves balanceándose en la mano de su mujer. Se acercó y jaló el llavero con fuerza.
—No me humilles delante de mi familia, yo voy a manejar —dijo mientras jalaba.
—Me estás lastimando— gritó la señora Mitoya.
Pero el señor Mitoya no escuchó y siguió tirando del llavero. Como no podía zafarlas, contra el cofre del auto rompió la botella que llevaba en la mano. La señora Mitoya emitió un grito desgarrador, pero él, enfocado sólo en su objetivo, recuperó la llave.
Subió al auto y se marchó con la seguridad del hombre que siempre hace lo correcto. Un hombre debe ser así, pensaba, decidido, claro en sus acciones. No debe permitir que la mujer se ponga por encima, que lo quiera dominar. No notó la sangre que llevaba en la ropa. Al día siguiente se despertó y pensó que algo le había sucedido, se buscó la herida por todo el cuerpo. No encontró nada.
La señora Mitoya no volvió a casa, pero le envió por paquetería un botecito con formol que contenía un dedo índice. Venía con una nota que decía: “De mí sólo te queda lo que me arrancaste”.
Como Jorge Mitoya extrañaba mucho a su mujer mandó disecar el dedo y lo colgó en su llavero como amuleto. Lo conserva como un objeto de gran valía porque siente que al llevarlo consigo jamás volverá a ser un hombre señalado.

Monday, June 14, 2010

Ménage à trois



Fotografía de Pedro Meyer


Cuento de Amélie Olaiz
I
Nina abandona su sitio en la cama, con cautela, como si fuera un palito chino de un juego de Mikado. Cierra los ojos y en un flashazo recuerda las risas, el bar, las miradas, la música y el baile. Esta escena se repite cada fin de semana y siempre termina en departamentos ajenos, con alguien distinto, pero esta experiencia fue la mejor. Hoy por primera vez han sido dos. Sonríe. Hace unas horas esos cuerpos frotaban el suyo, como toros ansiosos. Los observa; hombres hechos y derechos que parecen niños abrazados a la almohada, agotados. Abre las puertas del closet y tira al piso lo que no le gusta, por fin escoge un vestido rojo, se lo enfunda y se mira en el espejo. Le sienta bien, patea su camiseta hacía una esquina y busca sus tacones. Se alza el pelo en un chongo improvisado que ajusta con una pinza de carey. Aún es de madrugada cuando sale a la calle y se pierde entre las sombras de la noche.

II
Fernando abre los ojos, debió beber demasiado anoche porque un dolor punzante se le encaja en la sien. Gira la cabeza hacia la derecha y ve un cuerpo en posición fetal que le da la espalda, no sabe quién es, pero prefiere no averiguar más. Hace algún tiempo que la amnesia del día siguiente acompaña sus parrandas. Debe estar envejeciendo. Se sienta sobre la cama y con las manos presiona algunos puntos del cráneo que ceden bajo las yemas de los dedos y alivian ligeramente el dolor.
Mientras se enfunda los pantalones, busca el resto de la ropa con los ojos. Mira a su acompañante en el lecho y nota que trae puesta su camisa y una falda. Se pone los zapatos, y el saco, antes de salir del cuarto mira el clóset abierto y observa la ropa femenina esparcida en la alfombra. Fernando respira aliviado, ha pasado la noche con una mujer de buen ver. En la bolsa de su pantalón está la cartera intacta. Frente al espejo de una coqueta se arregla el pelo con las manos. En el departamento no hay nadie más. Abre la puerta y baja por las escaleras hasta llegar a la calle. Saca su celular y pide un taxi mientras camina apresurado.

III
Samy se estira a sus anchas en la cama, se incorpora para buscar a sus compañeros de la noche. El closet y la puerta del baño están abiertos pero no escucha ningún ruido. Se han marchado, qué lastima, le hubiera gustado seguir la fiesta. Se levanta y observa su imagen en el espejo, la camisa de él le sienta bien y la pequeña falda de ella le parece graciosa pero se la quita y la avienta bajo la cama. Abre el closet de par en par y escoge unos jeans que le quedan grandes. Calza sus botas vaqueras, se revuelve un poco la pequeña melena mientras silva una tonada desentonada. Hombre, mujer, hombre, mujer, qué más da. Sale al balcón y de una maceta corta varias margaritas amarillas, esparce los pétalos y se marcha.

AL DÍA SIGUIENTE
Mariana entra a su departamento. Es tarde y está cansada, los viajes de trabajo la dejan exhausta. Deja el llavero sobre la coqueta y se mete al cuarto. Un escalofrío la invade, tiene la certeza de que alguien ha dormido en su cama. Olvida el cansancio y sale en busca del encargado. Golpea la puerta de la portería varias veces hasta que el hombre se asoma con el pelo desordenado y la modorra marcada en la cara. Mariana le exige una explicación. El portero le asegura que ella misma entró la noche anterior con sus amigos. Mariana se enfurece. El portero niega haber cogido la llave que estaba escondida en la maceta, baja la mirada y en silencio soporta los reclamos. Mariana sube nuevamente a su departamento, se percata de que hay un camino de pétalos amarillos que la lleva hasta la mesa, donde encuentra el duplicado de la llave.