
Fotografía de Pedro Meyer
Amélie Olaiz
Mariana Warneros vivía la mitad de su vida pegada a la ventana en el cuarto piso. Le gustaba ver al chofer de la esquina lavar el coche y secarlo hasta que quedaba reluciente. También veía a don Carlos salir manoteando mientras hablaba por celular, vestido con shorts de cuadritos que parecían pijama, los pelos parados, caminando una y otra vez por el mismo sitio de la banqueta donde hacía surcos de neurosis. Veía al jardinero que, con la manguera, barría la calle hasta que quedaba libre de todas las hojas de los árboles cercanos. Alguna vez se atrevió a decirle que tiraba mucha agua y desde ese día el jardinero la odió. También escuchó cuando la novia de Julián salió a la calle furiosa; tras ella Julián pidiéndole que esperara un momento, y tras él su madre suplicando perdón por algo que Mariana no alcanzó a escuchar.
Miraba a Rómulo, el perro de la cuadra, que, como maldición, cada tarde se cagaba en el jardincito de doña Esperanza que en intentos fallidos ponía cactus plagados de espinas para ahuyentar al perro. Por las noches veía a la hija de Rafa regresar con el novio y quedarse con él en el coche hasta que se empañaban los vidrios. Y a Loreta, la de la casa de enfrente, que le encantaba el trago y por andar manejando borracha casi tira el portón de su casa, una noche en que trató de salir del garage sin haberlo abierto antes. No se aburría porque a pesar de que la gente, pensaba ella, es animal de costumbres, siempre hacen algo diferente a lo que han hecho el día anterior. Por las noches, antes de ir a la cama, podía observar a la señora Salvatierra, en el segundo piso, iluminada por la luz de la pantalla de su computadora.
Así pasaba el día entero, no es que su vida de ama de casa no le gustara pero entre una cosa y otra llenaba su mente con lo que pasaba fuera, así su rutina era más divertida porque siempre andaba con algo nuevo en la cabeza.
—Pensando en otros no deja uno de usar el cerebro —se decía.
De cualquier manera, en el fondo de su corazón Mariana Warneros sabía que no podía evitar asomarse a la ventana.
ΩΩΩ
Ana Paula Salvatierra había sentido pasión por las computadoras desde que vio la primera en casa de su prima. No era contadora, ni dibujante ni tampoco le daba por la literatura. Pero sin pensarlo demasiado se compró una máquina y aprendió a usarla. Sobre todo el internet. Comunicarse con la gente, incluso en países lejanos, desde aquella lap top le parecía un milagro.
—Es una ventana mágica —decía.
Con la camarita del mismo equipo se tomó varias fotografías hasta que logró la que más le gustaba y la subió a su página de Facebook. Su favorita era una toma que se había hecho parada frente a la computadora, muy bien maquillada, con las manos en la cintura, el pelo sobre los hombros, el escote de la camisera bien abierto, el mentón levantado y la actitud altiva. Pensaba que al hacer la toma desde abajo adquiría una cierta superioridad, como si los plebeyos estuvieran viendo a una diosa del Olimpo, se decía a sí misma.
En las mañanas se levantaba y antes de despertar a sus hijos para ir a la escuela, checaba su correo y las páginas de redes sociales, para ver si tenía mensajes. Después de desayunar y subir a los niños al autobús escolar, disponía la comida, daba órdenes a la mujer de servicio y se volvía a sentar frente a la computadora. Al principio se bañaba antes de internarse en el mundo virtual, pero poco a poco el tiempo se le fue viniendo encima.
—¿Qué hiciste toda la mañana, mujer? —preguntaba su esposo.
—La pasé en mi ventana, mirando el mundo.
—¿Qué ventana, mami?
—La computadora es mi ventana al mundo, cielo.
Ana no tenía que salir de casa para socializar con la gente. Así se reencontró con sus ex-compañeras de la escuela, hizo infinidad de nuevos amigos, leyó artículos interesantes, vio los mejores videos, conoció señores que le dedicaban piropos, le comentaban sus chistes y la invitaban a tener una cita de carne y hueso. En esta ventana del mundo virtual nadie estaba enojado, ni de malas. Ella consolaba a sus amigos si parecían tristes y se alegraba por la alegría de otros.
Sólo una vez un tipo extraño, al que no recordaba haber aceptado en su red de amigos. Le puso mensajes agresivos en su muro de Facebook. El asunto la dejó temblando todo el día, sintió como si todos sus conocidos y la sociedad que la rodeaba se hubiese enterado de aquella agresión. Tomó té de tila para combatir el estrés que aquel suceso le había causado y comentó varias noches con su marido lo que había pasado. Nada, ni siquiera los problemas de la casa ni la noticia más alarmante, era tan real, para ella, como lo que sucedía en el mundo virtual.
—Apaga la compu y el asunto se termina —dijo su marido.
Pero Ana Salvatierra tenía una idea mejor: borrar al tipo de sus contactos. Una semana después del acontecimiento Ana olvidó casi por completo lo que había sucedido. Sus hijos abrieron también sus páginas en las redes sociales y Ana sintió como si toda la familia se conectara a un nuevo universo.
Poco a poco Ana se fue encerrando más en casa, incluso dejó de reunirse al cafecito con sus amigas de toda la vida. Se sentaba tempranito frente a la computadora, sin bañar, con la pijama puesta, las lagañas en los ojos y el pelo revuelto. Eso no importaba para nada, ni siquiera que se le escapara un gas o que eructara. Su foto en Facebook era perfecta, hermosa, seductora y eso era lo que los demás veían. Así pasaba la mañana chateando con uno y otro amigo hasta que sus hijos volvían de la escuela. En ese momento se metía a bañar con apuro para que su marido no la encontrara en fachas a la hora de comer. Bajaba corriendo a supervisar que todo estuviera en orden y se sentaba a la mesa. No quería faltarle a su familia, ella había crecido sin su madre y era algo que aún siendo una adulta le dolía. Por las noches sólo la luz del pequeño estudio relucía en la casa. Ana Salvatierra, frente a su ventana virtual, era la última en dormirse.
ΩΩΩ
Karen Voleti era una mujer poco sociable, si uno la observaba con atención parecía vivir fuera de este mundo. Se casó con Omar porque le pareció que él era lo suficientemente parlanchín como para complementar la plática de los dos. Cuando Karen Voleti hablaba sólo ocupaba las palabras necesarias, ni una más ni una menos. Sonreía poco, así que la gente que no la conocía bien pensaba que estaba enojada siempre.
En la etapa de crianza de sus hijos sufría mucho. Con la criatura en brazos Karen Voleti lloraba y lloraba hasta que se le secaba la tristeza y sólo dejaba escapar quejidos. Por las noches Omar le acariciaba la espalda hasta que ella soltaba un suspiro largo y se dormía. Cuando nació Ana Paula, la tercera hija, Karen Voleti se negó a amamantar a la niña.
—No quiero alimentarla de amarguras — dijo.
Una tarde desde el quinto piso de su departamento Karen Voleti se dejó caer al vacío. No dejó ninguna nota ni pistas que permitieran sacar una conclusión. Así que nunca supieron si se había suicidado o sólo fue un accidente. Omar, que no podía con tan dolorosa pérdida, les dijo a sus hijos, que su madre se había ido al cielo por la ventana. Desde entonces los niños desarrollaron gran curiosidad por las ventanas, cualquier hoyo en la pared era pretexto inconsciente para buscar a su madre.
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